Ese día salió más temprano de lo habitual. Llego a la terminal del colectivo (que en realidad era desde donde salía). Se subió con la única compañía del conductor y tomo su asiento preferido, el que se ubica justo atrás de la rueda posterior, junto a la ventana, en la hilera de asientos dobles.
Le gustaba adivinar la apariencia de la persona que se sentaría a su lado en el viaje. Solía imaginar mujeres jóvenes y de una belleza sencilla. También imaginaba diferentes estrategias sobre como crear un evento casual que desembocara en una conversación, una afinidad, un beso, un romance, y finalmente, en un matrimonio con hijos.
Para su constante decepción, el ómnibus solía llenarse, a esa hora, de viejas profesoras de secundario u obreros de alguna construcción.
Aquel día aguardaba expectante. Las primeras personas ocuparon los asientos sin acompañantes.
Tomaba como un acto de gran astucia poner cara de desinterés cuando alguna mujer arriba de los 7 puntos caminaba por el pasillo en busca de un lugar. En cambio cuando este era transitado por algún obrero o mujer no apta para amoríos, ponía caras espantosas, realizaba los más complicados y desagradables gestos o se despatarraba en el asiento de la manera más vulgar.
Los lugares se ocupaban, pero, para su sorpresa, nadie se sentaba a su lado. Incluso algunas personas preferían la incomodidad vertical, antes que reposar junto a él.
Pensó, que seguramente algo andaba mal en su aspecto. Quizás no había combinado la ropa de la manera correcta, o su cabello había quedado mal cuando se enfrento con el viento al salir de casa. Después de muchas elucubraciones, prefirió bajar del colectivo y caminar las 25 cuadras que restaban hasta el trabajo.
Al día siguiente tomo todas las precauciones estéticas, pero nada cambió. Desesperado, comenzó a ponerle buena cara a cualquier persona que pasara por el pasillo, incluso le sonreía a los obreros, que espantados buscaban rápidamente otros horizontes.
Probó cambiar el lugar, comprarse perfumes, cortarse el pelo, afeitarse todos los días, cebar mate, ofrecer bizcochos, contar chistes, tocar la armónica, hacerse el dormido, quedarse despierto...
Lo cierto, es que nadie esta preparado para el rechazo, más aún cuando uno desespera por obtener la aceptación; ya sea de una mujer hermosa o de una no tan agraciada. Es que cuando hay hambre, no hay pan duro... o cuando hay soledad no hay obrero fulero.
Pero cuando ni las moscas siguen al mugriento es preferible caminar como un perro y nunca más subir al colectivo.
Y tanto caminó que al final la encontró pateando, sin miedo a los colectivos, pero tampoco con interés por subirse.
Nunca más se le ocurrió mirar quien se sentaba al lado, porque, al menos por un rato, ese asiento ya estaba ocupado. Y digo, al menos por un rato, porque hay mucho obrero dando vuelta, y tarde o temprano todos tocamos el timbre para bajarnos.
1 comentario:
MUY LINDA HISTORIA ME NO PUEDO EVITAR SENTIRME TOCADO, NOSE PORQUE PERO BUE, MUY LINDA HISTORIA SIGA ASI MI BUEN PINGUINO JAJA
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